A mamá le habían detectado leucemia hacía casi un
año, y la enfermedad avanzaba rápidamente. Todas las noches rezábamos juntos
con papá, pidiendo un milagro que la salvara de la muerte y le permitiera
quedarse con nosotros. Los últimos meses que ella estuvo en el hospital, fue
casi toda la familia a verla. Probablemente a despedirse.
Cada día empeoraba más, y las esperanzas iban
disminuyendo rápidamente. Una tarde se nos acercó el doctor con una mirada que
no hizo saber lo que nos diría, incluso antes de que hablara. Ella ya no podía
luchar. Nunca me dijeron si ella sufría en esos días. Solo dormía, y ya no
comía. Poco hablaba, y era para animarnos a papá o a mí. Tenía sombras moradas
bajo los ojos, y los labios casi no se diferenciaban del resto de la piel, que
era casi transparente.
Un miércoles lluvioso de marzo, papá me envió a
casa, para que durmiera. En el viaje me pregunté que sería lo mejor para mamá: seguir
con nosotros, luchando incansablemente una batalla que no ganaría, o descansar
y ser feliz eternamente. Visto así, todo estaba muy claro. Apenas llegué me
dirigí al altar que papá había puesto hacía ya varios meses, y elevé mi
plegaria. Esa fue la noche más hermosa de toda mi vida. Mamá estaba recostada
junto a mí, tarareando una nana. No tenía cabello, pero sus labios estaban tan
rosados como antes, y sus ojos no tenían esas marcas moradas que la hacían
parecer muerta. Sonreía como antes y me abrazaba con tanto cariño, que se
sentía real. “Tal vez no nos veamos pronto, pero volveremos a estar juntas,
princesa. Te amo” Sentí como me besaba en la frente, antes de caer en un
profundo y dulce sueño.
Un jueves lluvioso de marzo, mama se despidió de
papá y de mi, antes de irse, a las 4.02 am. Los doctores dicen que se fue en el
sueño, y que cuando su corazón se detuvo, ella sonreía.
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